La habían engañado. Le habían puesto una trampa y ella, como buen conejo, había caído. Ahora su cabeza se encontraba en una pared, como un trofeo. ¿Y cómo no se dio cuenta antes? Tuvo las preguntas pero no supo interpretar las respuestas. Tuvo los indicios pero la realidad se le distorsionó tanto que pensó vivir en ella cuando todo era una telaraña gigante.
Siempre se reprocharía haber sido tan imbécil. Creyó que controlaba el juego, que todo lo había logrado ella movida por la lástima... ¡Pobre ilusa! Todo estaba dispuesto en un plan más grande, en un tablero que la superaba.
Abrió los ojos y sólo pudo sentir odio. Casi perdía todo, todo. Al principio no quería odiarla, creía que había sido víctima de sus buenas acciones. Pero alguien siempre hace que uno abra los ojos y ¡zaz! Después notó que nada había sido real, que las apariencias calmadas eran frías y calculadoras y que los gustos afines y las palabras de amistad eran máscaras para proseguir con el plan.
Sí, ya la odiaba antes, por perder todo por su culpa... pero ahora la odiaba más, por tender la trampa. Sólo le quedaba la venganza.