Le dolía todo el cuerpo. No se explicaba por qué. No había hecho nada rudo, por lo menos eso recordaba ella. De todas formas, no aseguraba nada, las lagunas mentales son poderosas y los estímulos que las provocan lo son más. Recordó, de pronto, el polvo de hadas, el que le habían dado unas horas antes para... ¿para qué demonios era?
Corrió hacia el espejo y se miró el rostro con desesperación, lo tocó, lo deshizo entre sus manos como si no creyera que era suyo. Sí lo era. El polvo, el polvo, el polvo. Se lo habían dicho miles de veces: "no el polvo". Se maldijo y se miró de nuevo en el espejo, esta vez sin la desesperación, mentalizando el suceso.
Suspiró. Se dio la vuelta y pensó que debía buscar un nuevo trabajo.