La observaba sin poder parar. Simplemente parecía imposible. ¡Demonios! ¡Semejantes regalos! Era como estar frente a los Alpes y no mirarlos. En cualquier posición, parecían resaltar, llamarle, tentarle... ¡Cómo resistirse! Pensó en tocarlos, besarlos, hacerlos suyos, a ese par de objetos redondos y suaves.
Y entonces, sin saber lo que hacía, se paró, se dirigió a la joven y, con la voz más amable que tenía, le dijo:
- ¿Me dejas lamer tus senos?
La joven pareció sorprenderse un poco pero, con una sonrisa sagaz, asintió.
Fue la culpa de sus senos.
Kissu Oshitari~